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Volver a casa

March 7, 2016

Escribo desde Madrid, hace seis meses que volví de Ghana (cómo pasa el tiempo) donde estuve dos meses. No ha habido un solo día en el que no me haya acordado de ellos. A veces me quedo ensimismada, imaginándome qué estarán haciendo en Akwadum Christian Village, donde aparentemente no ocurre nada, donde no existe el tiempo o, mejor dicho, el reloj. Ahora los niños estarán sentados en las escaleras del orfanato comiendo banku (el plato nacional por excelencia, incomestible para muchos occidentales para sorpresa de los ghaneses), Dedé estará riñendo a la pequeña Mery por haber manchado su vestido mientras que le limpia los mocos, Auntie Akus estará sentada bajo la sombra del naranjo dando de comer a su bebé del mismo plato que el suyo, nadie sabrá dónde está Wisdom porque no para quieto, Ootto estará cortando las malas hierbas con el machete mientras saluda cariñosamente a todo el que pasa, desde las clases de los más pequeños se escucharán los lloros y gritos y, si pasase algún blanco, se oiría el típico ¡obruni, bra! (“¡blanco, ven!” en twi) coreado por una veintena de renacuajos y oído en todo el pueblo. Los cantos lejanos provenientes de alguna iglesia presbiteriana o carismática completarían la escena, a modo de banda sonora, o quizás los balidos de un rebaño de cabras pasando fugazmente por delante.

 

Este es un lugar en el que no existe el tiempo, o al menos, tal y como nosotros lo concebimos. Las cosas no suceden a una hora determinada, todo puede ocurrir (o no), la improvisación ocupa un papel muy importante en las vidas de esta gente. Me explico: las clases no empiezan a las 8 de la mañana sino cuando (y si) llegan todos los autobuses y todos los alumnos están sentados en sus respectivas clases; las fiestas se acaban cuando sólo queda una persona, pueden durar horas y horas, una eternidad, hasta que todos paren de bailar y de cantar; los trotros (medio de transporte más común, parecido a una furgoneta) salen de la estación cuando ya no queda ningún asiento vacío. 

 

He estado esperando en estaciones de pueblos perdidos ¡hasta seis horas! Aquella vez, al ver que a las tres horas el trotro seguía vacío, no pude aguantarme y le pregunté al conductor si había otro medio de transporte posible porque estaba perdiendo las esperanzas de llegar,  ¿cuál fue la explicación de este paciente hombre? “obruni, hoy es día de mercado, hasta que todo el mundo termine de comprar sus mercancías no va a salir ningún trotro, siéntate y relájate que pronto saldremos”. Por supuesto, ocurrió tal y como me lo había contado, salvo por su original concepción del término “pronto”, y porque omitió (y a mi tampoco se me ocurrió) que tendría que volver a casa al lado de cestas repletas de pescado y carne. Aquel “sol de justicia”, como diría Kapuscinski, no ayudaba precisamente a disimular los olores pero ¿qué puedes hacer ante ese tipo de situaciones? Yo decidí, bueno, no sé si es algo que puedas decidir, reírme. Recuerdo cómo me reía al preguntar “¿cuándo llegamos?, ¿falta mucho?” y por respuesta obtenía un sincero: “for that, I can’t tell, minimun one hour maximun five”. Recuerdo esos dos meses entre continuas carcajadas. 

 

He mencionado que tuve que esperar 6 horas para “volver a casa”. Hubo un momento, no sé a partir de qué semana, ni qué día sucedió exactamente, supongo que sería un proceso gradual, en el que comencé a considerar Akwadum como mi casa. Los fines de semana solía viajar, y recuerdo que los domingos, cuando me acercaba al pueblo estaba deseando cruzar la puerta y entrar en el recinto de la escuela. Allí me estaban esperando, los doce niños del orfanato, que salían siempre corriendo a recibirme; solíamos jugar mucho a correr, al grito de “let’s run”. 

 

Uno de esos domingos, cuando volvía de un interminable viaje de no tantos kilómetros pero muchísimas horas, comenzó a llover, bueno, para ser exactos, se parecía a como yo me imaginaba de pequeña el mítico Diluvio Universal, no me hubiese extrañado saludar a Noé por ahí. En vez de encontrarme con este personaje de blancas barbas, ahí estaban, los doce niños, sin camiseta, sin zapatos, nadando en los charcos, saltando, corriendo, gritando, viniendo a recibirme, y yo, empapada también, hice lo propio, dejé mi mochila bajo un árbol (como si no fuese a mojarse) y corrí hacia ellos y salté y me empapé en las piscinas de agua y barro y canté de pura alegría y reí de puro júbilo: estaba en casa.

 

Esta es una historia que, como tantas otras, no tiene final. Mis dos meses en Ghana, este cúmulo de experiencias y anécdotas, no puede contarse, las palabras pueden transmitir un ligero esbozo, pueden revelar mis recuerdos, pero nunca podrán mostrar con plena fidelidad lo que subyace; es algo que vives en tu propia piel, que sientes. Sí puedo contar que hubo momentos en los que conseguí estar en paz, en silencio, en espera, en escucha. Esta es una historia que continúa, que termina junto a la vida. Versa sobre una manera de crecer, de reinventarse, de cuestionarse, de cambiar, de observar el mundo desde otro prisma, desde otra perspectiva y, sobre todo, es una historia de aprendizaje.  

 

 

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